Mises Daily

El sistema fabril de principios del siglo XIX

[Escrito en 1925, este ensayo se publico en Economica en 1926 y fue más conocido cuando F.A. Hayek lo incluyó en Capitalism and the Historians (1954)]

El primer sistema fabril británico puede decirse que ha sido la característica más evidente de la Revolución Industrial. Prefigurando como hacía el posterior desarrollo industrial, los juicios hechos sobre él determinarán en buena medida la actitud tomada respecto del sistema industrial moderno.

Hay razones para creer que la forma que asumió el desarrollo fabril en el extranjero se debió, no en pequeña medida, a la imitación, directa o indirecta, de Gran Bretaña y la legislación fabril del mundo se creó siguiendo el modelo británico. Sigue habiendo lugares en el mundo en las que las condiciones industriales parecen recordar a las que existieron aquí hace un siglo y un reciente artículo sobre las condiciones en China suena, en parte, exactamente como una cita de los libros de historia que describen el primer sistema inglés. Uno sospecha que la similitud se debe en parte a que el autor ha leído estos libros modernos de historia, pero indudablemente existe una situación más o menos paralela.

En el curso de otra línea de investigación, el escritor de este ensayo estudió una selección de los voluminosos informes parlamentarios y otra literatura de principios del siglo XIX sobre condiciones laborales. Le sorprendía el hecho de que las impresiones que obtenía de estas publicaciones eran muy distintas de las que le habían dado ciertas obras modernas sobre el primer sistema fabril, como A History of Factory Legislation de Hutchins y Harrison, y El trabajador del campo y Lord Shaftesbury, de J.L. y Barbara Hammond. Como esas obras son en la práctica las obras modernas de referencia, pensaba que era necesario un examen crítico de la evidencia principal y los debates más importantes. Este ensayo es el resultado de un intento de hacer dicho examen.

Tal vez una explicación del punto de vista de las autoridades referidas pueda encontrarse en el peso que atribuyen a las evidencias aportadas ante lo que se iba a llamar el “Comité Sadler” en 1832. El informe de este comité nos da un terrible retrato de crueldad, miseria, enfermedad y deformidad entre los niños de las fábricas y este retrato se acepta generalizadamente como auténtico. Los Hammond se refieren a este informe como “un documento clásico”. Continúan: “Es una de las principales fuentes de conocimiento de las condiciones de la vida fabril del momento. Sus páginas muestran al lector en la forma vivaz de un diálogo el tipo de vida que llevaban las víctimas del nuevo sistema”. Hutchins y Harrison los consideran como “una de las recopilaciones más valiosas de evidencias de las condiciones industriales que poseemos”.

¿Qué sabemos de este comité? Sadler estaba haciendo esfuerzos desesperados para hacer que el Parlamento aprobara su “Ley de las Diez Horas”. Cuando llegó a la segunda lectura, la Cámara decidió que debía crearse un comité para investigar la historia de las brutalidades en las fábricas, que había descrito con gran amplitud y mucha elocuencia. El propio Sadler la presidiría y se acordó que por razones de economía y conveniencia, debería llamar primero a sus testigos, después de lo cual los opositores a la proposición deberían hacer su exposición. Ejercitó la máxima energía para hacer que se completara su exposición al final de la sesión y luego, ignorando las demandas de justicia, inmediatamente publicó las evidencias “y dio al mundo tal cantidad de declaraciones ex parte y de falsedades y calumnias (…) como probablemente no se encontraron nunca antes en cualquier documento público”. En realidad, se había convertido en una cuestión de partido y era imposible un debate equilibrado.

Decir que el informe era parcial respecto de las evidencias que contenía sería una crítica benévola. Consiste principalmente en ejemplos individuales y seleccionados cuidadosamente. Además, Sadler había hecho uso de un eficaz dispositivo propagandístico al utilizar evidencias de cosas que habían ocurrido hacía tiempo y presentándolas de una forma que sugería que seguían realizándose los mismos abusos. Esto era particularmente injusto, ya que los treinta años anteriores se habían visto acompañados por considerables mejoras y avances materiales, tanto dentro como fuera de las fábricas y estos cambios se habían visto seguidos por ajustes en los patrones sociales. Un defecto serio en las evidencias es que no se hicieron bajo juramento. Si tenemos en cuenta los sentimientos religiosos del momento, debe quedar clara la importancia de esto. De los tres testigos que venían de Manchester, sólo se consiguió que uno repitiera su testimonio ante la comisión subsiguiente y entonces no lo hizo bajo juramento. Su testimonio fue considerado por la comisión como “absolutamente falso”.

No son únicamente acusaciones realizadas por fabricantes interesados. La naturaleza insatisfactoria del Report de Sadler fue admitida libremente por la mayoría de los primeros oponentes del sistema fabril que no estuvieron implicados en políticas de partido. Incluso Engels, el camarada en jefe de Karl Marx, describe así el Report: “Su informe era claramente partidista, realizado por fuertes enemigos del sistema fabril para fines de partido. (…) Sadler se permitió verse traicionado por su noble entusiasmo con las declaraciones más distorsionadas y erróneas”. Otro opositor, aunque más sobrio, al sistema fabril, describe así la postura: “Todo el asunto asumió en este momento el carácter de una cuestión de partidos políticos, estando los tories en su mayor parte aún escocidos por su derrota en la cuestión de la reforma y buscando con placer traer a la superficie todo lo que pudiera dañar, a los ojos del público, a la clase media industrial”.

¿Podemos sorprendernos de que los fabricantes estuvieran furiosos ante la maniobra de Sadler y reclamaran más investigación? Todo lo que nos cuentan de ello Hutchins y Harrison es que, aunque los intereses de los fabricantes “habían estado bien representados en él [el Comité de Sadler], estaban descontentos con el resultado y ahora presionaban para una mayor investigación inmediata”. El Dr. Slater dice que la furia de los fabricantes era “por la acción inusual del Comité de tomar evidencias de los propios sufridores”. ¿Por qué esta constante injusticia para con los fabricantes?

En los informes emitidos por la posterior comisión podemos encontrar respuestas efectivas a casi todas las acusaciones realizadas ante el comité, pero pocos escritores mencionan esto: en su mayor parte proceden como si las historias presentadas ante el comité se confirmaran. Podemos juzgar la diferencia en el carácter de las evidencias apuntando que R.H. Greg, un fiero crítico del Comité de Sadler, pudo sin embargo referirse a las evidencias publicadas por la Comisión Fabril como “una masa oficial y verificada de evidencias ante la que todos deben inclinarse”. En particular, la acusación de crueldades sistemáticas sobre los niños se demostró que no tenía fundamento alguno y no pensamos que ningún investigador cuidadoso que lea estos informes pueda dudar  que se realizaran crueldades deliberadas como esas por los propios operarios contra los niños, contra la voluntad y el conocimiento del los patrones. Los patrones eran, en general, como admitieron muchos de sus opositores, “hombres humanos”.

A pesar del volumen de material que tenemos, nos es difícil obtener una visión clara de la condición física y moral de los niños de las fábricas. Buena parte, tal vez la más valiosa, de nuestra información proviene la las evidencias de los médicos, pero ni los Hammond ni Hutchins y Harrison hacen ningún intento de evaluar el valor de estas evidencias. No es algo fácil de hacer, ni aunque creamos que los doctores hayan estado libres de ninguna inclinación concreta. Hay dos dificultades principales. Primero, el estado mental de muchos de quienes se dedican a observar el estado de salud de un grupo particular de gente sugiere le malade imaginaire; segundo, la condición del conocimiento médico era tal que las opiniones (frente a las observaciones) médicas no tienen valor. “Sangrar” era aún el remedio favorito para la mayoría de los males. Sin embargo, los doctores eran al menos observadores deliberados y, mientras que sus experiencias nos resultan interesantes, sus teorías abstractas no nos ayudan en absoluto. Uno casi pensaría que los Hammond y Hutchins y Harrison sostienen lo contrario. Ambos aceptan las evidencias médicas aportadas en el Comité Peel en 1816, que era favorable a la defensa de los reformistas, pero rechazan como tendenciosa la que se dio ante el Comité de los Lores dos años después, que fue favorable a la defensa de los fabricantes.

Comparemos la evidencia médica contenida en los informes de estos dos comités. Los nueve doctores llamados a testificar ante el Comité Peel no dieron prácticamente nada salvo un montón de opiniones abstractas. Seis de ellos confesaron no conocer nada en absoluto de “fábricas” excepto de oídas; uno había conocido una fábrica “siendo muy joven”; uno confesó haber sido amigo personal de Nathaniel Gould y el otro (Kínder Wood), aunque era un testigo amistoso, contradijo en buena parte las evidencias del resto. Se les preguntó en este estilo: “Supongamos que los niños de corta edad…” Respondieron dando sus opiniones respecto de lo que pasaría (o debería pasar) bajo esas condiciones, sin haber observado nunca a niños bajo esas circunstancias.

Consideremos ahora el Comité de los Lores de 1818. Los Hammond buscan desacreditarlo observando que “descubrió doctores dispuestos a jurar que la vida en la fábrica era la más saludable para los niños y que era dudoso que les dañara trabajar veintitrés horas de cada veinticuatro”. No añaden nada a esto, así que debemos tomarlo como representativo de su impresión. Hutchins y Harrison dicen: “Algunas de las evidencias médicas ante el Comité de los Lores sugieren que al menos uno o dos de los doctores convocados fueron literalmente sobornados por los patrones, tan extraordinarios fueron sus cambios y evasivas para dejar de responder a las preguntas que se les hicieron”. Hay poco que justifique cualquiera de estas observaciones. Los doctores, en este caso, tenían experiencia práctica en “fábricas” y habían observado niños empleados en ellas y sus evidencias, en general, sugerían que fueran las que fueran las horas de fábrica que estuvieran trabajando los niños en ese periodo, estaban al menos tan sanos como los niños no empleados en fábricas. Los únicos “cambios y evasivas” que encontramos fueron meros intentos, bajo el severo examen cruzado de Sarjeant Pell, al que se consultó para este fin, de evitar utilizar opiniones abstractas no basadas en la observación real. Se preguntó a un doctor (E. Hulme): “¿Usted, como médico, no puede por tanto formarse ninguna opinión, independiente de las evidencias, respecto al número de horas que un niño podría estar o no estar empleado, sin que sea o deje de ser dañino para su salud?” La respuesta fue: “No puedo”. ¿Es ésta una respuesta de cambio o evasiva? Una y otra vez ante este comité vemos declaraciones de que era imposible una opinión especulativa o una basada sólo en razones abstractas respecto de número horas que podía trabajar un niño sin daños. Para ilustrar la inutilidad de intentar determinar un límite teórico por mera especulación, Hulme respondió así: “Si fuera a tener lugar una cosa tan extravagante y resultara que la persona no se viera dañada por haber estado de pie veintitrés horas, debería entonces decir que no es incoherente con las salud de la persona así empleada”. Una comparación de este pasaje con la descripción antes citada de los Hammond del incidente puede ayudarnos a apreciar su actitud científica. Como explicaba Hulme: “Mi respuesta sólo era este efecto, que no soy capaz de asignar ningún límite”.

La contribución más interesante de los médicos antagonistas al sistema fabril vino del Dr. Turner Thackrah, bajo el título de The Effects of the Principle Arts, Trades and Professions on Health and Longevity (1831). Este libro se convirtió en casi un biblia para Oastler y Sadler y fue copiosamente citado por una larga lista de reformadores. Aún así, no era en modo alguno una obra partidista y su autor no se había encuadrado en ningún movimiento político de partido. La prensa tory de Londres debe haber estado muy indecisa acerca de cómo tomarle, pues él mismo recordaba a los editores que, aunque estuvieran apoyando a Sadler en su protesta de las “diez horas”, su propio personal estaba trabajando “¡me dicen que de quince a diecisiete horas diarias!” Thackrah se dedicó a examinar científicamente y comparar la salud de gente dedicada a todas las ocupaciones principales del momento y sólo citándolo parcialmente fueron capaces los reformistas de hacer ese extenso uso de su obra. Indudablemente se oponía al trabajo infantil (dentro y fuera de las fábricas) con un empeño considerable, basándose en que “el término del crecimiento económico no tendría que ser un término de esfuerzo físico”, pero fue incapaz de representar la salud de los operadores que habían pasado por eso como peor en modo alguno a la mayoría de las demás clases de la comunidad, incluso de las más adineradas. Estaba poco menos indignado acerca de las escuelas a las que se obligaba a acudir a los hijos de los ricos de lo que estaba respecto de las fábricas. Es sorprendente que la relevancia de sus evidencias no se hubiera apreciado más ampliamente. Hutchins y Harrison hacen una cita de su libro, pero ignoran completamente sus conclusiones generales.

La contribución de Gaskell (también médico) es valiosa por la misma razón que la de Thackrah, es decir, porque era un declarado opositor al sistema fabril. Su obra es muy conocida, pero parece haber ejercido tan poca influencia en las discusiones sobre este tema que parece deseable ahora un examen de sus opiniones.

No dio ninguna justificación de que la llegada de las fábricas hubiera coincidido con la degradación económica de los trabajadores. Por el contrario, estaba bastante seguro de que, aparte de los efectos en los telares manuales, había generado un progreso material abundante y de que los salarios de las devanaderas “con la adecuada economía y reflexión, les permitirían vivir no confortablemente, sino comparativamente de forma lujosa”. Era la degradación moral del trabajador lo que preocupaba a Gaskell. Condenaba a las fábricas por el vicio que pensaba que habían producido al causar que los operadores perdieran su “independencia”. A los niños se les obligaba a emplear sus años más influenciables en entornos de completa inmoralidad y degradación, y dibujaba un panorama verdaderamente terrible.

Al autor le parece un hecho de la máxima importancia que, a pesar de que Gaskell sostuviera estas opiniones y a pesar de su consideración del trabajo fabril en general como “singularmente inapropiado para los niños”, no pudiera él mismo defender la abolición del trabajo infantil. “El empleo de niños en fábricas”, escribe, no tendría que considerarse como malo, hasta que los hábitos morales y domésticos actuales de la población no se reorganicen completamente. Mientras no se encuentre en ellos educación en el hogar y se les deje vivir como salvajes, están en cierto modo mejor situados cuando se dedican a un trabajo ligero y el trabajo en general es ligero en lo que recae sobre ellos”. Era la vida de los niños en el hogar, antes de sus años en la fábrica, lo que llevaba principalmente a esa degeneración física y Gaskell destacaba esta opinión. “Esta condición, debe tenerse constantemente en cuenta, no tiene nada que ver con el trabajo, pues aún los niños no han realizado ninguno”.

¿Podemos decir hasta qué punto la terrible inmoralidad que Gaskell creía que existía en su tiempo se debía al nuevo régimen industrial? Indudablemente exageraba muchísimo el grado de vicio y degradación que existía. Una Comisión de la Ley de Pobres hacía algunos años había dibujado un paisaje muy sombrío y él parece haber aceptado bastante acríticamente las acusaciones realizadas por opositores del sistema. Alrededor de 1830, había aparecido todo un cuerpo de libros lamentando la moralidad del pueblo y puede que, tal vez, nos resulte ilustrativo  examinar un ensayo, datado en 1831, que, aunque publicado anónimamente, parece haber influido y tal vez inspirado a muchos de los posteriores escritores en la misma línea. Tenía el título de An Enquiry into the State of the Manufacturing Population. No sólo influyó en Gaskell, sino que el ensayo del Dr. J.P. Kay The Moral and Physical Condition of the Working Classes (1832) también estaba en deuda con él y varias otras obras contemporáneas lo citaban. Por tanto, podemos suponer con justicia que el siguiente elogio a una potencia extranjera expresa un punto de vista que no era poco común en aquellos días entre las clases cultas.

España, el país más ignorante, degradado y poco comercial de todos los que se pretenden civilizados es, respecto de los delitos contra la propiedad, tres veces menos vicioso que Francia y más de siete veces menos vicioso que Inglaterra. Este hecho produce temor y habla por sí solo. España incluye al canibalismo en la lista de sus delitos, pero el robo es raro y el robo a pequeña escala aún más raro.

Se echaba la culpa de esto a las factorías. El peso que puede atribuirse a esas opiniones puede juzgarse por una cita más del mismo ensayo en que beber té se condena ¡como un signo de degradación moral!

“Bajo cualquier circunstancia deberíamos condenar el uso demasiado liberal del té flojo, como extremadamente debilitante para el estómago, pero la práctica es fatal para la constitución de todos los hombres que trabajan duro (…) permite un alivio temporal a costa de una reacción posterior, que a su vez pide otro estímulo más fuerte”. Esto llevaba a mezclar ginebra en el té, una práctica que prevalecía “en un grado inconcebible entre nuestra población fabricante”. No es un intento de ridiculizar una página cuidadosa mente escogida de un cascarrabias. La opinión era común. El Dr. J.P. Kay (que posteriormente se hizo famoso como Sir James Kay-Shuttleworth) decía exactamente lo mismo con casi las mismas palabras al año siguiente.

No es sino un ejemplo del tipo de argumentos que encontramos constantemente, destinados a probar que la degradación moral que habían generado las fábricas, ilustrado por ejemplos que podrían sugerirnos fácilmente un avance económico y social. Thackrah lamentaba el hecho del hecho de que los niños ya no se contentaran con “comida sencilla”, sino que debían tener “exquisiteces”. El reverendo G.S. Bull deploraba la tendencia de las niñas a comprar ropas bonitas “confeccionadas” en las tiendas en lugar de hacerlas ellas mismas, ya que esta práctica les incapacitaba para convertirse en “las madres de hijos”. Gaskell veía decadencia en el tabaco. “Cientos de hombres pueden verse diariamente inhalando los humos de esta planta extraordinaria”. También veía declive moral en el crecimiento de las combinaciones de trabajadores. Los hombres ya no eran “respetuosos y atentos” con sus “superiores”.

Las respuesta más habitual de los propietarios de fábricas a la acusación de inmoralidad contra la operación de las fábricas se refería a que, si hubiera algo de verdadero en dicha acusación, la causa podría encontrarse en la falta de religión. Pero esta forma de pensar era general en todos los bandos. Gaskell lamentaba la frecuente ausencia de una creencia “de un futuro estado de recompensas y castigos. (…) Privados así de la característica más característicamente ennoblecedora de la mente humana, ¿cómo no puede sentirse que sea un lamentable desperdicio?”

De las causas concretas sugeridas para dicha decadencia, hay dos que parecen tener alguna plausibilidad. La primera es las altas ganancias de los operarios, lo que lleva a la intemperancia. Tanto Thackrah como Gaskell lo consideran axiomático. “Los fabricantes de libros de bolsillo tienen altos salarios y no se les obliga a trabajar por horas. Por tanto son a menudo gente muy disipada”. “Los altos salarios permitidos en algunos departamentos, inducen a la ebriedad y la imprevisión”.  “Además, los altos salarios, muy a menudo, si no generalizadamente, llevan a los hombres a la intemperancia”.

La segunda sugerencia, que parece tener algún grado de verdad, es que la degradación moral se debía al aflujo de inmigrantes irlandeses que vinieron a tomar el lugar de aquellos niños que abandonaron la industria por culpa de las Leyes Fabriles. Los salarios infantiles, raramente mayores de los cuatro o cinco chelines por semana, eran, sin embargo, un gran aliciente para una raza tan pobre como los irlandeses. Engels creía que la continuada expansión de la industria inglesa nunca se habría producido si no hubiera habido a mano esta reserva. Eran descritos como “una raza sin civilizar” y puede ser que su inferior tradición social reaccionara con el resto de la población. Como reemplazaban a niños, el efecto en los salarios probablemente no fuera muy grande. Las ganancias familiares deben haber sufrido, particularmente donde los niños desplazados no podían conseguir trabajo en las minas o en la agricultura. La sugerencia de Dobb de que la influencia de los irlandeses tuvo el efecto de deprimir los salarios “a un nivel brutalmente bajo” indudablemente no se justifica con las estadísticas disponibles.

La más impresionante de las condenas del primer sistema fabril es la acusación de que producía deformidades y afectaba al crecimiento de los niños. Se dice que Oastler había advertido durante muchos años la prevalencia de la deformidad y la cojera entre los operarios fabriles, pero que desconocía las causas. Un día un amigo le informó “para su horror” de que esas deformidades se debían a sus vidas en las fábricas. Estaba “profundamente impresionado con todo que había oído” y a la mañana siguiente se sentó y escribió su famosa carta al Leeds Mercury sobre “Esclavitud en Yorkshire”. Pero encontramos que había una prevalencia general y extendida de las deformidades en ese tiempo y parecían bastante independientes de la ocupación. Hay una amplia confirmación de esta opinión en la evidencia de muchas fuentes contenida en los informes de la Comisión de Fábricas en 1883 y 1834. El que la impresión contraria obtuviera credibilidad parece haberse debido completamente a la enérgica propaganda de Ashley, Oastler, Sadler y sus partidarios. Si había una proporción ligeramente mayor de deformidad o pequeñez entre los niños de las fábricas, podía explicarse teniendo en cuenta la declaración de que los niños que eran insuficientemente fuertes para otros empleos eran enviados a la fábricas de hilo a causa de la levedad de trabajo allí.

William Cooke Taylor habla de un tullido, deforme de nacimiento, que era “exhibido como una especie de espectáculo en alabanza de un noble benévolo”, un espectáculo que se repetía noche tras noche para dar la impresión al mundo elegante de Londres de la creencia de que este desdichado infeliz era un espécimen de los resultados perjudiciales producidos por el trabajo fabril. También se le pagaba para ir de gira con este fin. Posteriormente, ofreció sus servicios a los fabricantes, para exponer los métodos del partido que le había contratado inicialmente, una oferta que fue “desgraciadamente rechazada”.

Los propagandistas tenían un excelente medio social en el que llevar a cabo su trabajo. Nunca hubo una época más aficionada al sentimiento empalagoso. Fue la era de Mrs. Hemans y ¿puede maravillarnos que muchos de sus admiradores buscaran inspiración para lacrimógena en las fábricas? Mrs. Trollope y Mrs. Browning (Elizabeth Barrett) encontraron en ellas un tema útil e incluso Sadler se vio obligado a perpetrar “El último día del niño de la fábrica” en el estilo apropiado.

Era fácil impresionar a los tories, quienes en su mayor parte no sólo ignoraban las condiciones en las fábricas sino que estaban predispuestos a condenar a los propietarios de fábricas. “La antigua sensación de desdén”, dice Ure, “que tenían los nobles rurales hacia los burgueses (…) sigue estando animada por los panegiristas de su tipo y se muestra, inequívocamente, en la última cruzada parlamentaria contra las fábricas”. Se pensaba en los niños como esclavos y la ventaja de los salarios considerables que llevaban a sus familias no se ponía en la balanza; tampoco se hizo ningún intento de compararlos con los pobres de otras partes de la comunidad. Esta actitud incitaba a William Cooke Taylor a la más profunda de las ironías. La gente entraba, o imaginaba que entraba, en un taller y veía a las manos de la pequeña fábrica en una rutina monótona y pensaba “cuánto más deliciosa habría sido retozar con los brazos abiertos en la ladera de la colina, ver el verde prado con sus brillantes florecillas y margaritas, oír el canto del pájaro y el zumbido de la abeja (…) [pero] hemos visto a niños perecer de hambre en la choza de barro o en la cuneta”. Comparados con los trabajadores fabriles, los trabajadores agrícolas vivían en una abyecta pobreza y el trabajo que hacían los niños en el campo era mucho más extenuante que el de las fábricas. Sin embargo, “los espectadores casuales raramente eran testigos, excepto durante el buen tiempo”. Lord Shaftesbury, preguntado por Thorold Rogers por qué no había buscado extender la legislación protectora de los niños a los campos cuando sabía que su trabajo “era tan dañino físicamente” como el trabajo prematuro en las fábricas, replicaba que era una cuestión de política práctica y que, si hubiera buscado la emancipación de todos, no hubiera obtenido el apoyo de ningún partido en absoluto.

Los propietarios de talleres fueron como mínimo apáticos hacia la propaganda antifabril. William Cooke Taylor dice que estaban convencidos de que las calumnias que circulaban nunca se creerían, pero que su silencio al confiar en el sentido común de sus compatriotas se tomó como una confesión de culpabilidad.

Algunas exageraciones tardan en desaparecer. Por ejemplo, los Hammond repiten dos veces la declaración de Fielden de que había descubierto por experimentación que el niño de fábrica andaba veinte millas diarias en el curso de su trabajo en el taller. Fielden nunca explicó este experimento. Dijo que no “se ocuparía de detalles nimios” de sus cálculos porque estaría “obligado a usar términos que el lector medio no entendería”. ¡Posiblemente pensara que su estimación era moderada, ya que Condy trató de demostrar que andaban alrededor de treinta millas diarias! Por cierto, que R.H. Greg sí hizo cálculos detallados y los explicó con claridad. La distancia media que un montador podía realizar en un día demostró que no era mayor de ocho millas.

Tratemos de tener una visión equilibrada e imparcial de las condiciones en aquellos tiempos, haciendo juicios sólo a la luz de los estándares contemporáneos. El hecho sobresaliente, y uno de los que la mayoría de los escritores no destacan es que, aunque la gente trabajadora tenía entonces una “alternativa de beneficios”, elige las condiciones que condenaban los reformadores. No eran sólo los salarios superiores los que les hacían preferir el trabajo en las fábricas a otras ocupaciones, sino que, como admitían algunos reformistas, cuando una fábrica reducía sus jornadas tendía a perder sus operarios, ya que trasladaban sus servicios a sitios en los que podían ganar más. El apoyo de la clase de los artesanos a las Leyes de Fábricas sólo podía obtenerse convenciéndoles de que como consecuencia obtendrían el mismo dinero o más a cambio de menos trabajo. Se creía que las consideraciones técnicas hacían imposible que se redujeran las jornadas para los niños sin una reducción correspondiente concedida a los adultos, y al “movimiento de las diez horas” (como no niegan Hutchins y Harrison) sólo le preocupaba en sus declaraciones públicas el bienestar de los niños. Posteriormente se hizo que los operadores vieran a los niños como sus competidores y esta posibilidad actuó como un motivo aún más fuerte en apoyo de las Leyes de Fábricas, particularmente cuando se desarrolló la idea de trabajadores infantiles por turnos.

Podemos ignorar la obviedad de que el niño, como mínimo, no actúa libremente. Hay dos formas de argumentar. Por un lado: “Contra nadie necesitan los niños más protección que contra sus propios padres” y en el otro “El padre es el único guardián natural y eficaz del niño”. No intentaremos valorar las implicaciones de estas ideas, pero la segunda es importante. Las emociones humanas de las que derivan los afectos paternales no eran distintas entonces de lo que son ahora y es al diferente medio social y económico en el que se expresaban al que debemos mirar para la causa de esta aparente insensibilidad y crueldad.

Es difícil creer que los filántropos ricos se preocupen más que los padres acerca del bienestar de sus hijos. La protección contra los efectos de la ebriedad tal vez hubiera sido necesaria, pero en general el apoyo de la clase alta a las restricciones legales del trabajo infantil se basaba en una completa falta de comprensión de las dificultades que tenían que afrontar las masas trabajadoras.

Hasta el desarrollo del sistema industrial hubiera causado un aumento general en la prosperidad material, esas restricciones sólo podrían haber añadido miseria. El autor no conoce ningún intento cuidadoso de estimar los sufrimientos de niños que perdieron su empleo por las distintas Leyes de Fábricas. Su condición se describía por parte de algunos de los primeros inspectores de fábricas nombrados en 1833, pero el mal se perdió pronto de vista en la consiguiente prosperidad general.

Habría habido alguna caída en las jornadas y alguna eliminación del trabajo infantil tras el aumento en los salarios reales, con legislación o sin ella. Ambas son expresiones de una demanda de ocio y el ocio sólo se demanda después de que son ampliamente satisfechos los deseos humanos más primarios.

Además, hasta que el hombre no tiene algo que hacer en el ocio, o hasta que los productos para su uso en el ocio no sean suficientemente baratos y abundantes, ¿para qué le vale? Cuando tiene esas cosas, puede “elegir beneficios”, entre el ocio y otras cosas. Las obligaciones legales a menudo ponen la decisión en una autoridad, que cree que sabe más. Tal vez en el caso de la legislación fabril la autoridad tuviera razón indirectamente. Al proporcionar al operador un mayor grado de ocio “artificialmente” puede haberle enseñado a valorarlo por sí mismo y preferirlo al dinero extra que habitualmente gastaba en la “cervecería” o en la “licorería”. Pero hasta que la Revolución Industrial hubo avanzado como para proporcionar otros bienes más deseables en competencia con estas instituciones, es posible que las reducciones de jornada tuvieran el efecto contrario y les llevaran a derrochar aún más renta que antes. de la misma manera, el bienestar moral de los niños probablemente estuviera más seguro en la fábrica que en casa antes de que maduraran los cambios sociales y morales que hizo posible el nuevo sistema industrial.

El que los beneficios visibles de las primeras Leyes de Fábricas sean en buena parte ilusorios lo sugiere la constante mejora que estaba sin duda teniendo lugar antes de 1833, en parte como consecuencia del desarrollo del propio sistema fabril. Se cree que todas las autoridades admiten que las condiciones eran las peores donde predominaba el trabajo doméstico y en las pequeñas fábricas y talleres, y había una tendencia constante a que éstos se eliminaran mediante la competencia de establecimientos más grandes y actualizados. El efecto de la Ley de 1833 fue realmente establecer una tendencia contraria, pues el trabajo se dirigió hacia los talleres y las fábricas más pequeñas donde era más fácil evitar sus disposiciones.

El principal obstáculo a la mejora parece haber sido la apatía (la apatía de la ignorancia) en lugar de la codicia de los fabricantes. Patrones y hombres, particularmente los hombres, sencillamente no podían creer que ciertas prácticas fueran peligrosas o dañinas para la salud. Los operadores eran muy reacios a aprender. Los esfuerzos por mejorar tenían que llevarse a cabo ante la oposición de los mismos trabajadores a los que se pretendía beneficiar. A un propietario de un taller se le amenazó con una huelga porque instaló un ventilador y los hilanderos dijeron que aumentaba su apetito; la sustitución con pintura de cinc del plomo blanco para prevenir el “cólico del pintor” tuvo la oposición de los pintores y los molineros de Sheffield lucharon durante años contra la introducción de la boquilla magnética. Pero no fue hasta los sesenta y setenta, cuando ya se había superado en buena medida la ignorancia de los operadores, cuando los “trabajos peligrosos”, como tales, se sometieron a la regulación estatal.

El efecto de las Leyes de Fábricas en la producción es una cuestión que no ha sido afrontada directamente en los tratados modernos. Hubo evidentemente un sacrificio de poder productivo. Este sacrificio sin duda no puede demostrarse que haya sido bueno, por razones sociales, pero la pérdida económica no puede obviarse. En el caso del trabajo infantil, los efectos fueron más allá de la mera pérdida de su trabajo: perdieron su formación y consecuentemente sus habilidades como adultos. Un niño puede adquirir destreza mucho más fácilmente que un adulto, pero dicha habilidad adquirida en la infancia no se pierde fácilmente.

Algunos críticos parecen imaginar que, cuando han negado la “teoría de la última hora” de Senior, han probado que no se produce ninguna reducción de la producción con jornadas menores. Tenemos vagas teorías acerca de “la economía de las jornadas cortas”. Las jornadas cortas no se consiguen sin sacrificios: puede decirse que las han comprado los trabajadores en su aceptación de menores salarios y la comunidad en menor productividad. El hecho de que estos resultados no sean fácilmente discernibles completamente del aumento general en la riqueza que continuó a lo largo del siglo y que hizo posible y causó por sí mismo la demanda del ocio que la clase artesanal acabó poseyendo. Hutchins y Harrison hicieron la común suposición de que las reducciones de jornada fueron realmente una causa principal de la mayor productividad que las siguieron. No se dan cuenta, aparentemente, de que esto es incoherente con su argumento de que se impedía que los fabricantes redujeran jornadas por sí mismos, a causa de que la fuerza de la competencia les daba una desventaja injusta a quienes no realizaran reducciones. Lo lejos que esté cualquier verdad en la teoría de las jornada cortas dependerá completamente del proceso concreto afectado: en algunos casos, la producción se reducirá proporcionalmente, en otros, menos que proporcionalmente, con restricciones de la jornada laboral.

Las dos conclusiones principales que sugiere esta explicación son, primero, que ha habido una tendencia general a exagerar los “males” que caracterizaron al sistema fabril antes del abandono del laissez faire y, segundo, que la legislación fabril no fue esencial para la desaparición definitiva de esos “males”. Las condiciones que los estándares modernos condenarían eran entonces comunes en la comunidad como un todo, y la legislación no sólo trajo consigo otras desventajas, no visibles en los complejos cambios del momento, sino que asimismo sirvió para oscurecer y dificultar remedios más naturales y deseables.

Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe.

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Image Source: trialsanderrors via Flickr
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