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La ciencia objetiva del valor subjetivo

Prácticamente todas las escuelas del pensamiento económico contemporáneo reconocen que el valor es subjetivo. Aunque los economistas de la corriente dominante se limitan a hablar de boquilla de la subjetividad del valor —y, en la práctica, tratan el valor como objetivo para poder analizar las llamadas funciones de utilidad— sigue siendo un supuesto básico del pensamiento económico moderno.

Esto es muy diferente de la economía clásica, que normalmente trataba el valor como objetivo y determinado por los costes de producción. Los marxistas siguen suscribiendo este punto de vista anacrónico al afirmar que el valor objetivo de cualquier bien es el trabajo que se emplea en producirlo. Sin embargo, todas las demás escuelas de pensamiento económico que existen en la actualidad son subjetivistas y lo han sido desde la revolución marginalista de los 1870.

Muchos que no han estado expuestos a un razonamiento económico adecuado se quedan algo estupefactos al enterarse de que la reina de las ciencias sociales (la economía) se construye sobre un «terreno tan poco firme». De hecho, muchos incluso recurren al concepto de subjetividad del valor como razón para descartar por completo el pensamiento económico. Para ello, suelen malinterpretar el significado del término. Sin embargo, los economistas de la corriente dominante también son culpables de permitir que los críticos utilicen este supuesto básico como crítica cuando en realidad no lo es.

«Subjetividad» se utiliza coloquialmente como referencia a algo que carece de explicación, aparentemente aleatorio y sin fundamento. Sin embargo, el término no significa eso. Simplemente significa que algo es personal y no necesariamente compartido y comprendido por todos por igual. En Merriam-Webster «subjetivo» puede significar «de, relativo a, o constituyendo un sujeto», «una característica de o perteneciente a la realidad como percibida más que como independiente de la mente» y «peculiar de un individuo en particular».

No hay nada «aleatorio» en el valor, pero es ciertamente personal. Es el valor lo que motiva a las personas a emprender acciones concretas, dando lugar así a los fenómenos económicos que estudiamos, como los precios, la asignación de recursos y el crecimiento económico. Quizá haya razones (o causas) por las que valoramos una cosa y no otra y por las que nuestras valoraciones cambian con el tiempo, pero esas son cuestiones del ámbito de la psicología. La economía no se ocupa ni tiene por qué ocuparse de por qué la gente valora algo (o no). Lo que importa es que lo hacen y que realizan acciones motivadas por ese valor, que tienen consecuencias en el mundo físico y social.

Aquí es también donde los economistas de la corriente dominante (y también algunos economistas austriacos) contribuyen a la confusión. Al centrarse en las funciones de utilidad y en la elección entre alternativas (y no en las acciones), estos economistas quizá puedan explicar comportamientos en el presente. También pueden extrapolar datos estadísticos para hacer predicciones sobre el futuro, como cuál será el precio del trigo en función de la superficie agrícola que se utilice actualmente para cultivarlo o los efectos que tendrá en el empleo el aumento del salario mínimo en una determinada cantidad.

Estas predicciones se utilizan para evaluar la política, pero siempre resultan ser erróneas (en cierta medida) porque la gente en el mundo real no toma las decisiones que se suponía que iba a tomar. Esto, a su vez, suele servir a los economistas para revisar el modelo y, dado que el resultado esperado es «óptimo», sugerir incentivos para que la gente se comporte de forma más acorde con las expectativas originales.

Aquí hay varios errores. Un problema es que las personas no eligen entre alternativas dadas que simplemente se clasifican utilizando un valor subjetivo (aproximado por una función de utilidad). Actúan de la forma que consideran mejor (valor más alto) dados los medios de que disponen y los fines que imaginan que pueden alcanzar. Lo que el individuo que actúa considera medios, qué fines se valoran y cómo se relacionan los medios y los fines son tan subjetivos como el propio valor. Las posibilidades imaginadas que creemos que podemos alcanzar —ya existan, deban crearse o sean reconocidas por otros— también forman parte de nuestras clasificaciones individuales.

Otro problema es que lo que cualquiera de nosotros considera un bien económico lo es en virtud de su valor, no de la cosa en sí, sino de los servicios que reconocemos que nos proporcionará. Los economistas de la corriente dominante enseñarán que un perrito caliente y un panecillo son complementos el uno del otro, mientras que un perrito caliente y una hamburguesa son sustitutos el uno del otro. Esto puede ser estadísticamente cierto simplemente porque muchas personas comen perritos calientes con pan y eligen perritos calientes o hamburguesas. Sin embargo, alguien con intolerancia al gluten no considerará que los perritos calientes y los panes sean complementos y tampoco lo hará un vegano (pero por razones diferentes). Además, las personas que disfrutan de una comida al aire libre con amigos podrían disfrutar más de un plato de perritos calientes y hamburguesas que de perritos calientes o hamburguesas.

Hay muchos más problemas con la economía dominante, pero el núcleo de ellos es el tratamiento de la economía como objetiva y, por tanto, medible, mientras que cualquier fenómeno económico se basa necesariamente en la subjetividad del valor. Esto no hace que la economía sea menos fiable como campo de estudio. Al contrario, pretender (o «simplificar») que las personas toman decisiones objetivas entre alternativas objetivas es la causa de muchos errores de los economistas.

Por ejemplo, algunos economistas pueden sentirse confundidos por el llamado efecto dotación, que afirma que los bienes tienen más valor cuando se poseen que antes de adquirirlos. No se dan cuenta de que a menudo esto puede explicarse simplemente utilizando escalas de valores. Estos economistas también pueden preguntarse por qué los llamados bienes Giffen tienen mayor demanda a precios más altos, en aparente contradicción con la ley de la demanda. Sin embargo, no tienen en cuenta que el precio que se pide forma parte del bien que se ofrece y, por tanto, de cómo lo valora el agente, lo que significa que algunos bienes ofrecidos a un precio más alto pueden considerarse diferentes del producto físicamente idéntico ofrecido a un precio más bajo (vaqueros de marca frente a vaqueros de otra marca, grabados numerados frente a meras copias de arte). ¿Por qué la economía debe considerar que dos productos físicamente idénticos son el mismo bien si los consumidores no lo hacen?

Los misesianos evitan estos problemas (y otros más) no sólo reconociendo sistemáticamente que el valor es subjetivo, sino también estudiando la economía —las estructuras y fenómenos sociales observables— desde la perspectiva de su causa última: la acción humana. Esto puede parecer una diferencia menor respecto al estudio de la elección, pero en realidad es una jugada genial, un verdadero avance en el razonamiento económico. La acción sitúa el valor subjetivo en el centro de la escena como motivación del individuo para provocar cambios en el mundo exterior. Para utilizar la terminología de Ludwig von Mises, las acciones se emprenden para eliminar el malestar que se siente. La acción es el vínculo entre la subjetividad del valor (el mundo interno) y el cambio provocado por el ser humano en el mundo objetivo (externo), ya sea en el ámbito social o físico.

Estudiar la mera elección excluye gran parte del proceso creativo, temporal y motivado por valores de la acción y, por tanto, la causa de los fenómenos sociales y económicos. Aunque la economía puede estudiarse desde la perspectiva de datos objetivos y mensurables, el problema es que ningún actor de la economía —cuyas acciones conforman de hecho la economía— actúa basándose en parámetros objetivos. El valor está en el centro de la acción individual —lo que la motiva— y, por tanto, el valor es también lo que causa y da origen a todos los fenómenos económicos. El hecho de que muchos fenómenos económicos sean objetivos, o al menos intersubjetivos, es de hecho irrelevante para el estudio de la economía porque los fenómenos económicos no pueden entenderse sin reconocer y aplicar coherentemente la subjetividad del valor.

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