Mises Daily

Una defensa libertaria de la monarquía

[Este artículo está extraído de Is the Market a Test of Truth and Beauty?, capítulo 21, “A Libertarian Case for Monarchy” (2011). Publicado originalmente en Liberty 18 (Enero de 2004): pp. 37–42, este artículo se titulaba originalmente “Monarchy: Friend of Liberty”]

El pensamiento y las discusiones claros sufren cuando todo tipo de cosas buenas, como libertad, igualdad, fraternidad, derechos, gobierno de la mayoría y bienestar general (algunas en tensión con otras) se ven en juntas bajo la etiqueta compuesta de “democracia”. El significado esencial de democracia es un método particular de elegir, remplazar de influir en cargos públicos (Schumpeter 1950). No es una doctrina D lo que el gobierno debería o no debería hacer. Tampoco es lo mismo que la libertad personal O una sociedad libre o una ética social igualitaria. Es verdad que algunos liberales clásicos, como Thomas Paine (1791) y Ludwig von Mises (1919), desdeñaba en la monarquía hereditaria y expresaron una conmovedora en que la democracia representativa de vigilia niveles excelentes y adoptaría políticas que sirvieran verdaderamente al interés común. La experiencia nos ha enseñado otra cosa, como ya sabían los fundadores estadounidenses cuando crearon un gobierno D poderes independientes y limitados y de solo una democracia filtrada.

Como ejercicio, y sin afirmar que mis argumentos sean decisivos, voy a sostener que la monarquía constitucional puede conservar mejor la libertad y las oportunidades del pueblo que aquello en lo que se ha convertido en la práctica la democracia.1

Mi defensa solo vale para países en donde mantener o restaurar (o sea concebible instaurar) una monarquía sea una opción viable.2 Los americanos tenemos más esperanzas de reavivamiento del respecto por la filosofía nuestros Fundadores. Nuestras tradiciones podrían servir algunas de las funciones de la monarquía en otros países.

Es concebible que un gobernante absoluto no elegido pueda ser un liberal clásico absoluto. Aunque una dictadura sabia, benevolente y de mentalidad liberal no sería una contradicción en los términos, no hay vía realmente disponible para garantizar un régimen así ni su continuidad, incluyendo una sucesión sin fricciones.

Por tanto, es necesario algún elemento de democracia: reemplazarla totalmente sería peligroso. La democracia da al pueblo alguna influencia sobre quiénes son sus gobernantes y qué políticas han de seguir. Las elecciones, sino se subvierten, pueden derrocar pacíficamente a los malos gobernantes. Los ciudadanos a los que les preocupen esas cosas pueden disfrutar de una sensación de participación en los asuntos públicos.

Cualquiera que crea en limitar el poder del gobierno por el bien de la libertad personal debería tener también algún elemento no democrático de gobierno, además de los tribunales respetuosos con su propia estrecha autoridad. Aunque algunos monárquicos sean reaccionarios o místicos, otros (como Erik von Kuehnelt-Leddihn y Sean Gabb, citados más abajo) sí son genuinos liberales clásicos.

Defectos de la democracia

La democracia tiene defectos clamorosos.3 Como ilustran varias paradojas del voto, no existe ninguna “voluntad del pueblo” coherente. El propio gobierno es más probable que suministre el contenido de cualquier supuesta voluntad general (Constant 1814, p. 179). Se dice que Winston Churchill dijo: “El mejor argumento contra la democracia es una conversación de cinco minutos con del votante medio”. El votante habitual sabe que su voto no será decisivo y tiene pocas razones para desperdiciar tiempo y esfuerzos en estar bien informado en todo caso.

Está “ignorancia racional”, así llamada en la literatura de la elección pública, deja su correspondiente influencia en los votantes no tan ordinarios (Campbell 1999). La política se convierte en una disputa entre intereses especiales rivales. Se forman coaliciones para obtener privilegios especiales. Los legisladores se dedican a la compra de votos y aprueban propuestas de gasto adicionales. La propia política se convierte en el arma principal en una guerra hobbesiana de todos contra todos (Gray 1993, pp. 211-212).  La dispersión de los costes, mientras que se concentran los beneficios, refuerza la apatía entre los votantes ordinarios.

Los propios políticos se encuentran entre los grupos de intereses especiales. La gente que deriva a la política tiende a tener calificaciones relativamente más escasas para otro trabajo. Son emprendedores en busca de las ventajas del cargo. No son solo ventajas materiales, pues algunos políticos buscan el poder para hacer el bien tal y como lo entienden. Gratificada su necesidad de actuar y sentirse importantes, los legisladores multiplican las leyes para tratar problemas (y miedos) descubiertos o inventados. Ser capaces de conseguir enormes sumas mediante impuestos y préstamos aumenta su sensación de poder y desaparece la responsabilidad moral (como ya constataba Constant 1814, pp. 194-196, 271-272, hace casi dos siglos).

Los políticos democráticos tienen horizontes temporales notablemente cortos. (Hoppe 2001 culpa no solo a los políticos en particular, sino la democracia en general de una alta preferencia temporal — indiferencia a largo plazo— que contribuye al delito, las vidas desperdiciadas y a un declive general de la moralidad y la cultura). ¿Por qué preocuparse de si las políticas populares causarán crisis cuando uno ya no se va a presentar a la reelección?

La evidencia de la irresponsabilidad fiscal en Estados Unidos incluye los déficits presupuestarios crónicos, la deuda nacional explícita y los todavía mayores excesos en obligaciones futuras sobre ingresos futuros debido al Medicare y la Seguridad Social. Aun así, los políticos continúan ofreciendo nuevos lujos. Conflictos de intereses como este superan con mucho las pequeñas cosas que sin embargo generan más enfado.

La responsabilidad se difunde en la democracia no solo a largo del tiempo, sino también entre los participantes. Los votantes pueden pensar que sólo están ejerciendo su derecho a marcar sus papeletas, los políticos que solo responden a las voluntades de su electorado. El legislador individual asume solo una pequeña parte de la responsabilidad, fragmentada entre sus colegas y otros cargos públicos.

Democracia y libertad coexisten en tensión. Hoy en día el gobierno de EEUU restringe el discurso político. En propósito profesado de la reforma de la financiación de las campañas es limitar el poder de los grupos de interés y del dinero en la política, pero la creciente influencia de los medios de comunicación de masas y afianzamiento de los políticos en el cargo son resultados más probables.

Un tipo de tensión más amplio es que las mayorías populares pueden dar un aire de legitimidad a medidas altamente antiliberales. “Por el mismo peso de las cifras y por su ubicuidad, el gobierno del 99% es mucho más ‘hermético’ y más opresivo que el gobierno del 1%” (Kuehnelt-Leddihn 1952, p. 88). Cuando el gobierno de la mayoría se piensa en sus propios términos y prevalece en la ficción de que “nosotros”, los ciudadanos ordinarios, somos al gobierno, un parlamento y ejecutivo elegidos pueden lograr imposiciones a las que difícilmente se hubieran aventurado los monarcas del pasado. Luis XIV, por muy autócrata que fuera, difícilmente se hubiera atrevido a prohibir las bebidas alcohólicas, reclutar forzosamente soldados y fijar un impuesto de la renta (pp. 280-281) (y podríamos añadir iniciar una guerra contra las drogas). No solo las limitaciones constitucionales sobre los poderes del rey, sino también su no tener un mandato electoral,4 son restricciones.

En el peor de los casos, el dogma democrático puede incitar el totalitarismo. La historia registra democracias totalitarias o dictaduras apoyadas democráticamente. Los países oprimidos por los regímenes comunistas incluían palabras como “democrático” o “popular” en sus nombres oficiales. Los partidos totalitarios han retratado sus líderes como la personificación del hombre común y de toda la nación. El nacionalsocialismo alemán, como nos recuerda Kuehnelt-Leddihn, no era un movimiento ni conservador ni reaccionario, sino una síntesis de ideas revolucionarias que se remontan a antes de 1789 (Kuehnelt-Leddihn 1952, pp. 131, 246-247, 268).

Sugiere que los sentimientos antimonárquicos en el trasfondo de la Revolución Francesa, la República española de 1931 y la República alemana de Weimar abrieron la puerta a Robespierre y Napoleón, a Negrín y Franco y a Hitler (p. 90). Se dice que Winston Churchill juzgaba que si el Káiser hubiera seguido siendo el jefe de estado alemán, Hitler no habría obtenido el poder o al menos no lo había mantenido (Liga Monárquica Internacional). “Monárquicos, conservadores, clérigos y otros ‘reaccionarios’ siempre tuvieron malas relaciones con los nazis” (p. 248).

Separación de poderes

Una parte no elegida del estado contribuye a la separación de poderes. Al retener ciertos poderes constitucionales o negárselos a otros, puede ser una salvaguarda contra los abusos.5 Tal vez sea la principal justificación moderna para la monarquía hereditaria; poner alguna limitación a los políticos en lugar de dejarles perseguir sus propios intereses especiales complacientes con el pensamiento de que sus elecciones ganadas demuestran aprobación popular.

Cuando el expresidente Theodore Roosevelt visitó al emperador Francisco José en 1910 y le preguntó cuál pensaba que era el papel de la monarquía en 1910, el emperador se dice que contestó: “Para proteger a mis pueblos de sus gobiernos” (citado en “Thesen pro Monarchie” y Purcell 2003). Igualmente, Lord Bernard Weatherill, expresidente de la Cámara de los Comunes, decía que la monarquía británica no existía para ejercitar el poder, sino para evitar que otra gente tuviera el poder: Es una gran protección para la democracia británica (entrevista con Brian Lamb en C-SPAN, 26 de noviembre de 1999).

La historia de Inglaterra muestra una limitación progresiva del poder real a favor del parlamento, pero, en mi opinión, una tendencia bienvenida llegó demasiado lejos. Casi todo el poder, limitado solo por tradiciones que afortunadamente continúan como una constitución no escrita, acabaron concentrándose no solo en el parlamento, sino incluso en el líder de la mayoría parlamentaria. La democratización fue demasiado lejos, en mi opinión, también en las monarquías continentales.

Continuidad

Un monarca, no dependiente de ser elegido ni reelegido, encarna la continuidad, igual que la dinastía y el proceso biológico.

La monarquía constitucional nos ofrece (…) el poder neutral tan indispensable para toda la libertad normal. En un país libre, el rey está aparte, superior a las diferencias de opinión, no teniendo otro interés que el mantenimiento del orden y la libertad. Nunca puede volver a la condición común y es por tanto inaccesible a todas las pasiones que genera dicha condición y todas aquellas en que la perspectiva de encontrarse de nuevo en ella crea necesariamente en los agentes interesados por el poder temporal (Constant 1814, pp. 186-187).

Es una jugada maestra para crear un poder neutral que pueda acabar con cierto peligro político por medios constitucionales. En una monarquía asentada (aunque ningún régimen puede tener garantizada una existencia perpetua) el rey no tiene que preocuparse por aferrarse al poder. En una república, “El mismo jefe del estado, a no tener ningún derecho sobre su cargo, salvo el que reside en la voluntad popular, es ve obligado a regatear y negociar como el buscador de cargos más rastrero” (Mencken 1926, p. 181).

La continuidad dinástica equivale al estado de derecho. El rey simboliza un estado de cosas en que un cambio político profundo, aunque eventualmente posible, no puede producirse sin mucho tiempo para considerarlo. El rey contrasta con legisladores y burócratas, que se inclinan a pensar, por la misma naturaleza de sus trabajos, que un trabajo diligente significa multiplicar leyes y regulaciones. La continuidad en el régimen constitucional y legal proporciona un marco favorable para la planificación e inversión familiar y para la innovación en ciencias, tecnología, empresa y cultura. Continuidad no es rigidez ni conservadurismo.

El heredero al trono normalmente tiene muchos años de preparación y no se ve deslumbrado por su mejora personal cuando acaba heredando el cargo. Antes y durante su estancia en el cargo acumula una base de experiencia al tiempo distinta y mayor de la que puedan adquirir normalmente los políticos, que van y vienen. Incluso cuando el rey llega al trono joven o, en el otro extremo, como un hombre viejo al que le quedan solo unos pocos años, tiene el consejo experimentado de miembros y consejeros de la familia. Si el rey es muy joven (Luis XV, Alfonso XIII) o está loco (el anciano Jorge III, Otón de Baviera), un pariente cercano actúa como 6 regente. El regente habrá tenido algunas de las oportunidades para realizar funciones ceremoniales y acumular la experiencia que tiene un heredero o monarca reinante.

Objeciones y refutaciones

Algunos argumentos empleados ocasionalmente a favor de la monarquía son cuestionables. Si el monarca o su heredero pueden casarse solo con miembros de una familia real (como parece recomendar Kuehnelt-Leddihn), las posibilidades son que se case con un extranjero o extranjera, proporcionando relaciones internacionales y una manera cosmopolita de pensar. Otro argumento dudoso (también usado por Kuehnelt-Leddihn) es que el monarca tenga la bendición de ser tal vez el jefe de la religión estatal. Algunos argumentos son directamente absurdos, por ejemplo: “La monarquía estimula el arte y la cultura. ¡Austria era culturalmente mucho más rica en torno a 1780 que hoy! ¡Pensad en Mozart!” (“Thesen pro Monarchie“).

Pero ni todos los argumentos ni todas las objeciones a la monarquía son falsos. Lo mismo pasa con la democracia. En la elección de instituciones políticas, como en muchas decisiones de la vida, todo lo que se puede hacer es sopesar los pros y contras de las opciones y elegir lo que parezca mejor o menos malo en el balance.

Algunas objeciones a la monarquía también son aplicables a la democracia o al menos invitan a comentarios que, aunque no sean verdaderas refutaciones, refuerzan el alegato a su favor. A la monarquía se la acusa de estar por encima del gobierno (Kuehnelt-Leddihn 1952, p. 276). Pero todos los gobiernos, incluso los elegidos popularmente, salvo tal vez pequeñas democracias directas como la antigua Atenas, están gobernados por una minoría. (Robert Michels y otros apreciaban una “ley de hierro de la oligarquía”; Jenkin 1968, p. 282). Aunque la democracia permite que el pueblo tenga alguna influencia sobre el gobierno, no lo dirige ni puede realmente hacerlo. La monarquía constitucional combina algunas fortalezas de la democracia y la monarquía autoritaria, neutralizando parcialmente al tiempo los defectos de estas opciones polarizadas.

Otra objeción condena la monarquía como un símbolo divisor de desigualdad; va en contra de “una sociedad ideal en la que todos serían iguales en estatus y en la que todos tendrían el derecho, si no la capacidad, de llegar al puesto más alto” (Gabb 2002, que responde que esos intentos de crear dicha sociedad han acabado normalmente en ataques contra la riqueza e incluso los ricos).

Michael Prowse (2001), reclamando referendos periódicos sobre si mantener la monarquía británica, invoca lo que considera la idea central de la democracia: todas las personas merecen respeto y consideración por igual nadie merece dominar a otros. La familia real y la aristocracia, con sus títulos, conductas y autoperpetuación, violan este espíritu democrático. En una Gran Bretaña republicana todos los niños podrían aspirar a todos los cargos públicos, incluso el de jefe de estado.

Argumentando así, Prowse estira el significado de democracia de un método particular de elección e influencia en los gobernantes a incluir una ética social igualitaria. Pero la monarquía no tiene que obstruir las relaciones fáciles entre personas de distintas ocupaciones y de historiales; es más probable que haga eso un sospechoso igualitarismo. En ninguna sociedad todas las personas pueden tener el mismo estatus.

Un objetivo más realista es que todos tengan una posibilidad de alcanzar distinción en algún nicho pequeño importante para cada uno. Incluso en una república, la mayoría de la gente no puede realistamente aspirar ni de lejos al puesto más alto. Nadie tiene que sentirse humillado o denigrado por no llegar a un cargo que sencillamente no estaba disponible. Un monarca hereditario puede ser como los Alpes (“Thesen pro Monarchie“), algo que sencillamente está “allí”. Tal vez sea la buena suerte del rey, tal vez su mala suerte, haber heredado los privilegios, pero también las limitaciones de su cargo; pero cualquier cuestión de injusticia palidece en comparación con las ventajas para el país.

Prowse se queja de disensión. ¿Pero qué pasa con unas elecciones? Producen tanto perdedores como ganadores, votantes decepcionados y felices. Sin embargo, un rey no puede simbolizar la derrota para seguidores de otros candidatos, porque no hay ninguno. “Un monarca sentado en el trono de sus antecesores sigue un rumbo en el que no se ha embarcado por su propia voluntad” (Constant 1814, p. 88). Al contrario que un usurpador, no necesita justificación para su elevación. No tienen más oportunidades o ambiciones políticas que hacer bien su trabajo y mantener el buen nombre de su dinastía. Manteniéndose neutral por encima de las políticas de partido, tiene más posibilidades que un líder electo de convertirse en el símbolo personificado de su país, un foco de patriotismo e incluso de afecto.

El monarca y su familia pueden asumir funciones ceremoniales que los gobernantes electos realizar solo si se lo permitiera su tiempo. Independizar las funciones ceremoniales de las campañas y la política práctica elimina el boato o la adulación que en caso contrario se darían en los políticos y especialmente en los demagogos. El Hitler ocasional sí genera entusiasmo popular y sus opositores deben mantener prudentemente un perfil bajo. Un monarca, cuyo poder es más conservador que activo (pp. 191-192) es más seguro para la libertad del pueblo. Prowse está más irritado que impresionado por la pompa y opulencia que rodean a la reina. Mantener formas pasadas de moda y atribuir importancia a cosas sin importancia huele a “mala fe colectiva” e “hipocresía corrosiva”. Pero una monarquía no tiene que basarse en pretensiones.

Por el contrario, mi defensa de la monarquía es utilitaria, no apela al derecho divino o a cualquier ficción similar. No hay que desdeñar todo el ritual. Incluso las repúblicas tienen desfiles del 4 de julio y sus equivalentes. Los adornos ceremoniales que pueden haberse convertido en disfuncionales o cómicos pueden evolucionar o reformarse. No todas las monarquías, como reconoce Prowse, comparten con la británica los adornos particulares que tanto le irritan.

Puede plantearse un alegato, aunque hay que reconocer que no es concluyente, a favor de los títulos de nobleza (especialmente para parientes reales cercanos) y a favor de una cámara alta del parlamento con poderes limitados, cuyos miembros, o algunos de ellos, mantengan sus escaños por herencia o nombramiento real (por ejemplo, Constant 1814, pp. 198-200). “La gloria en un monarca legítimo mejora con la gloria de los que le rodean. (…) No tiene que temer ninguna competencia (…) Pero donde el monarca ve seguidores, el usurpador ve enemigos” (p. 91; sobre la posición precaria de un autócrata no hereditario, comparar con Tullock 1987).

Mientras los nobles no estén exentos de las leyes, pueden servir como una especie de marco de la monarquía. Puede ser un elemento adicional de diversidad en la estructura social. Pueden proporcionar una alternativa a la riqueza o la notoriedad como fuente de distinción y diluir así la adulación a las celebridades característica de las democracias modernas. Las personas normales no tienen que sentirse más humilladas por no haber nacido en la nobleza que por no haber nacido herederos del trono. Sin embargo, en general, estoy indeciso con respecto a la nobleza.

Los poderes de un rey

La queja de Michael Prowse acerca de la pretendida importancia de cosas poco importantes sugiere una razón adicional por la que el papel del monarca debería ir más allá de lo puramente simbólico o ceremonial. Al rey no se le debería requerir (como se le obliga a hacer a la reina de Inglaterra en la apertura del parlamento) únicamente leer palabras escritas por el gabinete. Al menos debería tener tres derechos que Walter Bagehot identificaba en la monarquía británica: “el derecho a ser consultado, el derecho a fomentar, el derecho a advertir. Y un rey con gran sensatez y sagacidad no querría otros. Entraría que el no tener otros le permitiría usar estos con una eficacia singular” (Bagehot 1867, p. iii).

Cuando escribía Bagehot, el primer ministro estaba obligado a mantener bien informada la reina acerca de la actualidad política de la nación. “Ella tenía por costumbre habitual un derecho a quejarse si no conocía todos los actos importantes de su Ministro, no solo antes de que se hicieran, sino mientras todavía hubiera tiempo de considerarlos, mientras todavía fuera posible que no se llevaran a cabo”.

Un rey sagaz podría advertir a su primer ministro posiblemente con buenas consecuencias. “Podría ser que no siempre variar el rumbo, pero siempre le haría pensárselo”. Durante un largo reinado adquiriría una experiencia que pocos de sus ministros podrían igualar. Podría recordar al primer ministro los malos resultados unos años antes de una política como la propuesta actualmente.

El rey tendría en realidad la ventaja que tiene un subsecretario permanente sobre su superior, el secretario parlamentario: la de haber participado en las actuaciones de anteriores secretarios parlamentarios. (…) Un hombre pomposo rechaza fácilmente las sugerencias de sus inferiores. Pero aunque un ministro pueda hacer eso con sus subordinados, no puede hacerlo con su rey (Bagehot 1867, pp. 111-112).

En resumen, un primer ministro se disciplinaria al tener que explicar el valor objetivo (no únicamente el político) de sus políticas a una autoridad neutral.

Los tres derechos que distaba Bagehot deberían interpretarse ampliamente, en mi opinión, o extenderse. Constant (1814, p. 301) recomienda el derecho a conceder perdones como protección final del inocente. El rey debería tener también poder: para hacer algunos nombramientos, especialmente de su propio personal, no sometidos a veto por políticos; a llamar a consulta a políticos de todos los partidos para resolver un bloqueo sobre quién podría obtener el apoyo o aquiescencia de una mayoría parlamentaria y la rechazar y remplazar temporalmente al gabinete o primer ministro en casos extremos. (Supongo un sistema parlamentario, que normalmente acompaña a la monarquía moderna, pero el ejecutivo podría ser elegido independientemente de los legisladores e incluso estar sometido a destitución por elecciones especiales).

Ni siquiera la disolución del parlamento y la convocatoria de nuevas elecciones en un caso excepcional es un insulto a los derechos del pueblo. “Por el contrario, cuando las elecciones son libres, es una apelación a sus derechos a favor de sus intereses” (p. 197). El rey debería tratar de concentrar el apoyo nacional en una crisis constitucional (como cuando el rey Juan Carlos intervino para acabar con un intento de golpe militar en 1981).

Reyes y políticos

¿Qué pasa si el monarca hereditario es un niño o es incompetente? Entonces, como ya se ha mencionado, puede haber una regencia. ¿Qué pasa si la familia real, como algunos de los Windsor, muestra un comportamiento personal poco edificante? Ambos peligros son igual de reales en una república moderna. Los políticos tienen una tendencia sistemática a ser incompetentes o algo 7 peor. Para un político demócrata, entender economía es un 8 hándicap. Debe adoptar, o bien posturas impopulares (porque no se entienden), o bien hablar y actuar sin honradez. El político económicamente ignorante tiene la ventaja de ser capaz de adoptar posturas captadoras de votos con una consciencia más cercana a la claridad.

Particularmente en estos días de televisión y de fascinación por las celebridades, las características personales necesarias para ganar las elecciones son bastante distintas de aquellas de un estadista con espíritu público. La historia sí registra grandes estadistas en regímenes parlamentarios menos democratizados del pasado. Hoy funciona una ley de Gresham: “la divisa humana inferior expulsa de la circulación a la superior” (Kuehnelt-Leddihn, pp. 115, 120). El gobierno democrático ideal sencillamente no es una opción disponible. Nuestra mejor esperanza es limitar las actividades del gobierno, un propósito al que puede contribuir la monarquía.

Aunque algunos políticos contemporáneos son honorables y versados en economía, incluso la simple honradez puede perjudicar sus opciones electorales. H.L. Mencken escribía ácidamente y con su exageración característica:

Ningún hombre educado, exponiendo directamente las nociones elementales que mantiene todo hombre educado acerca de los asuntos que afectan principalmente al gobierno podría ser elegido para un cargo en un estado democrático, salvo tal vez por milagro. (…) Se ha convertido en una imposibilidad física que un caballero ostente un cargo bajo la Unión Federal, salvo por una combinación de milagros que deben agotar los recursos incluso de Dios. (…) Al hombre de integridad natural, o bien se le prohíbe acceder al servicio público en absoluto, o bien se le somete a tentaciones casi irresistibles después de entrar en él (Mencken 1926, pp. 103, 106, 110).

Bajo la monarquía, el cortesano no tiene que “rebajarse ante un cerdo”, “pretender que es un hombre peor del que es realmente”. Su soberano tiene cierto respeto por el honor. “El soberano del cortesano (…) probablemente sea él mismo un hombre de honor” (Mencken 1926, p. 118, mencionando que el rey de Prusia rechazó la corona imperial alemana que le ofrecieron en 1849 por un mero parlamento popular en lugar de por sus compañeros príncipes soberanos).

Mencken reconocía que la democracia tiene sus atractivos: “El fraude de la democracia (…) es más divertido que cualquier otro, más divertido, con mucho, incluso que el fraude de la religión. (…) [La farsa] me encanta. Disfruto enormemente de la democracia. Es incomparablemente idiota y por tanto incomparablemente divertida” (pp. 209, 211).

Conclusión

Un argumento contra instituciones con una historia venerable es un lema sin sentido que revela un provincianismo temporal, como si nuevo significara necesariamente mejor: “No atrasemos el reloj”. Un consejo más sensato es no renunciar a lo que existe debido a nociones abstractas de lo que podría parecer más claro lógica o ideológicamente. Coloquialmente, “Si no está roto, no lo arregles”.

La monarquía constitucional no puede resolver todos los problemas del gobierno: nada puede. Pero puede ayudar. Aparte de argumentos menores, dos principales la recomiendan. Primero, su misma existencia es un recordatorio de que la democracia no es el tipo de cosa en la que más es necesariamente mejor: puede ayudar a promover un pensamiento equilibrado.

Segundo, al contribuir con continuidad, diluyendo la democracia al tiempo que apoya un elemento sano de ella y aumentando la separación de los poderes públicos, la monarquía puede ayudar a proteger la libertad personal.

  • 1No sé cómo probar mi caso econométricamente. Las variables de control a incluir en ecuaciones de regresión de una medición de libertad o estabilidad o prosperidad o cualquier otra cosa en presencia o ausencia de monarquía de algún tipo u otro son demasiado inefables y demasiadas. Tendríamos que inventar variables para esas condiciones, como historia y tradiciones, geografía, clima, recursos naturales, tipo de sistema económico, formas pasadas de gobierno, etnicidad y homogeneidad o diversidad étnica, educación, religión y así sucesivamente. Las fuentes históricas plausibles de datos son demasiadas pocas. Alguien más listo que yo podía idear algún tipo de test econométrico después de todo. Entretanto debemos sopesar los pros y las contras de la monarquía y la democracia entre sí cualitativamente de la mejor manera que podamos.
  • 2Existen organizaciones monárquicas sorprendentemente en muchos países; unos pocos de sus sitios web aparecen en las referencias. Incluso Argentina tiene un pequeño movimiento monárquico, descrito en el número de septiembre de 1994 de Monarchy en el sitio de la Liga Monárquica Internacional.
  • 3Barry (2003) las resume parcialmente. Hayek (1979) describe con detalle los defectos y proponen una elaborada reforma del sistema de representación, sin explicar la monarquía. James Buchanan y la escuela de la elección pública analizan la democracia en muchos escritos.
  • 4Espero que los lectores me permitan la comodidad estilística de usar “rey” para designar también a un reina reinante, como hace la palabra koning en la constitución holandesa y asimismo de usar “él” para cubrir los “él” y “ella” que requiera el contexto.
  • 5“La primera e indispensable condición para el ejercicio la responsabilidad es independizar el poder ejecutivo del poder supremo. La monarquía constitucional alcanza este gran objetivo. Esta ventaja se perdería si se confundieran los dos poderes” (Constant 1814, p. 191).
  • 6Otto von Habsburg culpa al legitimismo inflexible del riesgo de que incompetente pueda ocupar el trono (una preocupación por una dinastía particular), lago que desplazaba las salvaguardas que se encontraban en la mayoría de las monarquías clásicas. Recomienda que al rey le auxilie un organismo que represente la máxima autoridad judicial, un organismo que podría si fuera necesario remplazar al presunto heredero por el siguiente en la línea de sucesión (1958, pp. 262, 264, 266-267).
  • 7Consideremos al republicano y los nueve demócratas que compiten actualmente (octubre de 2003) por la presidencia de Estados Unidos. El día posterior al debate televisado entre los demócratas en Detroit, Roger Hitchcock, presentador sustituto en un programa de radio, preguntaba: “¿Os gustaría tener una cena con alguna de estas personas? ¿Contrataríais a alguno de ellos para dirigir vuestra tienda?”
  • 8“La primera lección de la economía es la escasez: Nunca hay suficiente de nada para satisfacer a todos aquellos que lo quieren. La primera lección de la política es desdeñar la primera lección de la economía” (Sowell 1994).
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