Mises Daily

Defensa del revisionismo (y en contra de una historia apriorística)

[Publicado originalmente The Libertarian Forum, febrero de 1976, pp. 3-6]

¿Qué tiene que ver el revisionismo con el libertarismo? Muchos libertarios no ven la relación. Atrapados en la teoría del axioma de la no agresión y en que el Estado ha sido el principal agresor, estos libertarios no ven ninguna necesidad de preocuparse por los mugrientos detalles de las fechorías e interrelaciones entre Alemania, Rusia, Gran Bretaña, Estados Unidos y otros estados concretos. Si todos los estados son malvados, ¿para qué preocuparse por los detalles?

La primera respuesta es que la teoría no basta para tratar con el mundo concreto de la realidad. Si todos los estados son malvados, algunos son más malvados que otros, algunos estados concretos han realizado muchísimas más agresiones, tanto internamente contra sus súbditos como externamente contra los ciudadanos de otros estados. El estado de Mónaco ha cometido muchas menos agresiones que el estado de Gran Bretaña.

Si los libertarios queremos entender el mundo real y tratar de lograr la victoria de la libertad en ese mundo, debemos entender la historia real de estados concretos y existentes. La historia proporciona los datos indispensables por los que podemos entender y tratar nuestro mundo y con los cuales podemos evaluar la relativa culpabilidad, los grados relativos de agresión cometidos por los diversos estados. Mónaco, por ejemplo, no es uno de nuestros principales problemas n este mundo, pero esto solo podemos saber conociendo su historia y no por axiomas apriorísticos. Pero, por supuesto, aprender acerca de la realidad concreta requiere trabajo, no solo una cantidad sustancial de lectura, sino también una lectura con los elementos básicos del revisionismo en mente. Trabajo que investiga las complejidades de la historia y que no es reducible fácilmente a frases y lemas pegadizos.

El revisionismo es una disciplina histórica que se ha hecho necesaria por el hecho de que todos los estados están gobernados por una clase dirigente que es una minoría de la población y que subsiste como una carga parasitaria y explotadora sobre el resto de la sociedad. Como su gobierno es explotador y parasitario, el estado debe comprar la alianza de un grupo de “intelectuales cortesanos”, cuya tarea es embaucar al público para que acepte y celebre el gobierno de su estado particular. Los intelectuales cortesanos tienen el trabajo hecho a su medida. A cambio de su continuo trabajo de apología y embaucamiento, los intelectuales cortesanos consiguen su puesto como socios menores en el poder, prestigio y saqueo extractivo del aparato del estado al público engañado.

La noble tarea del revisionismo es des-embaucar: penetrar en la niebla de las mentiras y el engaño del estado y sus intelectuales cortesanos y presentar al público la verdadera historia de la motivación, la naturaleza y las consecuencias de la actividad del estado. Trabajando más allá de la niebla del engaño del estado para penetrar en la verdad, en la realidad detrás de las falsas apariencias, el revisionista trabaja para deslegitimar y desacralizar al estado a los ojos del público previamente engañado. Al hacerlo, el revisionista, incluso si personalmente no es libertario, lleva a cabo un servicio libertario vitalmente importante.

Por tanto, el historiador revisionista realiza tareas libertarias cruciales independientemente de su propia ideología personal. Como el estado no puede funcionar, no puede ordenar un apoyo mayoritario vital para su supervivencia sin imponer una red de engaños, la historia revisionista se convierte en parte crucial de las tareas del movimiento libertario. Es crucial especialmente porque el revisionismo va más allá de la pura teoría para exponer y revelar las mentiras y delitos concretos del estado tal y como existe en la realidad concreta.

El revisionismo puede ser “doméstico”. Así, historiadores revisionistas en años recientes han demostrado que el crecimiento del estado estadounidense en el siglo XX se ha producido, no por un intento “democrático” acabar con el “monopolio” de las grandes empresas, sino en el curso de un deseo consciente por parte de ciertos elementos de las grandes empresas de usar el estado para imponer a la sociedad estadounidense una economía cartelizada y monopolizada.

Los historiadores revisionistas han demostrado además que el estado “del bienestar” perjudica, en vez de beneficiar, a los mismos grupos a los que dicho estado supuestamente ayuda y socorre. En suma, que el estado del bienestar está pensado para ayudar a la coalición gobernante de ciertos grupos de grandes empresas e intelectuales tecnócratas estatistas, a costa del resto de la sociedad. Si se divulgara extensamente el conocimiento de esa verdad histórica, sería verdaderamente difícil que el Gran Gobierno actual se mantuviera en funcionamiento.

Aunque el revisionismo histórico ha rendido servicios importantes en el frente doméstico, su mayor proyección ha tratado guerras y política exterior. A lo largo de más de un siglo, la guerra ha sido el método principal por el que el estado ha reforzado su gobierno sobre un público engañado. Ha habido muchas discusiones a lo largo de los años entre libertarios y liberales clásicos sobre por qué el liberalismo clásico, tan dominante a principios y mediados del siglo XIX en Europa occidental y América, fracasó ignominiosamente cuando llegó el siglo XX. La principal razón está ahora clara: la capacidad del estado de usar el patriotismo como arma, de movilizar a las masas del público detrás de las políticas intervencionistas y belicistas de los diversos estados poderosos.

La guerra y la intervención exterior son métodos esenciales por los cuales el estado expande su poder y explotación y también proporcionan elementos de peligro para un estado en las manos de otro. Aun así, el estado (cualquier estado) ha sido especialmente exitoso en engañar a sus ciudadanos diciéndoles que lucha en guerras e interviene en otros países para su protección y beneficio, cuando la realidad es que la guerra proporciona una oportunidad de oro para el estado para embaucar a sus ciudadanos para unirse y defenderlo y así favorecer sus intereses y su poder. Como la guerra y la política exterior proporcionan al estado sus medios más sencillos de engaño, la denuncia revisionista en el frente de los asuntos exteriores es la principal vía de desacralización y deslegitimación del aparato del estado y la agresión del estado.

En la denuncia revisionista de las verdades acerca de los asuntos exteriores, un mito en concreto, sostenido con firmeza por la mayoría de los estadounidenses e incluso la mayoría de los libertarios, ha sido de la máxima importancia: el mito propagado por el archiestatista e intervencionista Woodrow Wilson de que las “dictaduras nacionales siempre se empecinan en la guerra exterior y la agresión, mientras que las democracias nacionales llevan invariablemente a una política exterior pacífica y no agresiva. Aunque esta correlación entre dictadura nacional y agresión exterior tiene una fiabilidad superficial, sencillamente no es verdad en los antecedentes factuales e históricos.

Ha habido muchas dictaduras nacionales que se han replegado sobre sí mismas y por tanto han sido pacíficas en sus relaciones exteriores (por ejemplo, Japón antes de su “apertura” forzosa a mediados del siglo XIX por el almirante Perry de EEUU) y demasiadas “democracias” nacionales que han aplicado una política exterior belicista y agresiva (por ejemplo, Gran Bretaña y Estados Unidos). La existencia del voto democrático, lejos de ser una barrera contra la agresión exterior, sencillamente significa que el estado debe realizar su propaganda más intensiva e inteligentemente para poder embaucar a los votantes. Por desgracia, el estado y sus intelectuales cortesanos han sido todos demasiado iguales en esta tarea.

Así que, en la historia de los asuntos exteriores una historia a priori sencillamente no funciona: solo puede realizarse una investigación histórica detallada y concreta de las guerras y agresiones específicas de los estados en concreto, teniendo en cuenta que las historias de la política exterior de las “democracias” necesita aún más desembaucamiento que la conducta exterior de las dictaduras. No hay manera de deducir grados relativos de culpabilidad por la guerra y el imperialismo desde axiomas libertarios o del simple grado de dictadura interna en un país concreto. El grado de culpabilidad por la guerra o el imperialismo es una cuestión meramente evidenciaría y no se puede evitar la tarea de mirar con cuidado las evidencias.

El resultado de esa mirada empírica y desapasionada a las evidencias, a la historia en estados concretos en el mundo moderno está destinada a ser una sacudida para los educados en Estados Unidos, para la mitología de los asuntos exteriores propugnada por los intelectuales cortesanos de los medios y para nuestro sistema educativo. Es que el mayor agresor, el mayor imperialista y belicista en el siglo XIX y hasta la primera mitad del siglo XX fue Gran Bretaña y, además, que Estados Unidos se alistó como socio menor del Imperio Británico, solo para remplazarlo como la potencia más imperial y belicista después de la Segunda Guerra Mundial.

La ideología wilsoniana es sencillamente un mito pernicioso, especialmente aplicado a Gran Bretaña y Estados Unidos en el siglo XX y los libertarios deben sencillamente ceñirse a desaprender ese mito y ponerse a tono con la verdad histórica. Como los libertarios han conseguido desaprender muchos de los mitos nacionales promulgados por el estado estadounidense, espero que puedan encontrar también en sus corazones el desaprendizaje de mito persistente de la política exterior. Solo entonces el liberalismo clásico, no digamos el pleno libertarismo, será capaz de lograr un pleno renacimiento en el mundo occidental y especialmente en Estados Unidos.

Así que el mayor engaño del estado estadounidense (y del británico) es su supuesta política exterior defensiva y pacifista. Por tanto, cuando los revisionistas sostienen que la principal culpabilidad de la guerra y el imperialismo en el siglo XX corresponde a Estados Unidos y Gran Gretaña, no están sosteniendo necesariamente que los diversos enemigos de Estados Unidos hayan sido nacional e internamente menos dictatoriales y agresivos que el gobierno de Estados Unidos.

Indudablemente, los revisionistas libertarios no mantienen esta tesis. Ningún libertario afirmaría que la política interna de la Unión Soviética, la China comunista, la Alemania nazi o incluso la Alemania del káiser Guillermo fueron menos despóticas que las de Gran Bretaña o estados Unidos. Todo lo contrario. Pero lo que sí mantiene el revisionista libertario, igual que otros revisionistas, es que EEUU y Gran Bretaña fueron, basándose en los hechos empíricos, los principales agresores y belicistas en cada una de estas guerras y conflictos. Esas verdades pueden ser insoportables para los “historiadores” aprioristas, pero aún así son hechos de la realidad.

Además, como se ha indicado antes, es precisamente el uso de la guerra y la mitología belicista lo que ha llevado a la aceleración del estatismo nacional en EEUU y Gran Bretaña en este siglo. De hecho, todo avance significativo en el estatismo estadounidense se ha producido en el curso de alguna de sus guerras supuestamente “defensivas”. La Guerra de Secesión aplastó los derechos de los estados y trajo un sistema bancario inflacionista y estatista, un régimen de altos aranceles y subvenciones a los ferrocarriles e impuesto federales de la renta y especiales; la Primera Guerra Mundial dio paso a la planificación moderna y el estado de bienestar y guerra del New Deal en Estados Unidos y la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría completaron la tarea y llevaron al actual leviatán del Gran Gobierno que hoy sufrimos.

Es enormemente relevante y vital para la comprensión del florecimiento del estado estadounidense entender que cada una de estas consecuencias no fueron accidentes desgraciados producidos por “agresores” extranjeros, sino el resultado de una política agresiva y belicista consciente y deliberada aplicada por el estado estadounidense.

Por tanto, el revisionismo nos revela con toda su contundencia que el enemigo del estado en Estados Unidos está en el interior y no en el exterior. Los estados extranjeros han servido sencillamente como justificación para el engrandecimiento del poder del estado estadounidense interna y exteriormente, sobre ciudadanos nacionales y pueblos extranjeros. El enemigo no es un ente extranjero, sino que está aquí entre nosotros. Solo una comprensión completa de esta verdad por parte de los libertarios y otros estadounidenses puede permitirnos identificar los problemas que afrontamos y proceder a garantizar la victoria de la libertad. Para que podamos imponernos a nuestros enemigos, debemos saber quiénes son.

Para defender sus depredaciones, el estado estadounidense ha sido capaz, con la ayuda de sus intelectuales cortesanos, de emplear una poderosa arma de propaganda para silenciar a sus opositores y engañar aún más a su público. En concreto, calificar a los críticos de los políticas imperialistas y belicistas como agentes o simpatizantes conscientes o inconscientes con las políticas nacionales de sus diversos estados enemigos.

Y así, a lo largo de este siglo, revisionistas, incluso revisionistas libertarios, han sido acusados continuamente de ser herramientas o simpatizantes del káiser, los nazis o los comunistas, a veces todos a la vez o seriatim. En esta era postwilsoniana, incluso libertarios aprioristas han sido engañados para embrear a los libertarios revisionistas con el mismo pincel de desdén.

Incluso la estupidez de pensar por un momento que puede llamarse nazi o comunista a un libertario no ha impedido que los libertarios embaucados desdeñar y denigrar a sus colegas más perspicaces. Lo que necesitamos sobre todo es desechar la mitología psotwilsoniana y una historia a priori de la propaganda estadounidense del siglo XX y darnos cuenta de que el emperador (estadounidense) en realidad no lleva ropa. Se necesitan las verdades perspicaces del revisionismo para desembaucar a los libertarios junto a otros estadounidenses.

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Image Source: Mises Institute Rothbard Archives
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